sábado, 6 de junio de 2009

I




Crónicas de Ank
Libro Primero

Capítulo I - Noticias desde la Marca

Plegó la carta con cuidado y llevó la mirada a la ventana del despacho.
La lluvia caía en un manto fino, apenas perceptible tras ella la columnata que rodeaba el patio. El aroma se filtraba adentro, olores de tierra negra y hierba fresca con notas de lavanda y romero. Y sin embargo nada podía distraerle del horror de esas letras.
Había pasado toda la noche sentado frente a la mesa, con las velas de sebo alumbrando las nuevas desde la Marca.
El quejido de la puerta le sacó de sus pensamientos por un instante.
-          ¿Todavía despierto, domine? – Héfir entró en la estancia lentamente, dejando una escudilla envuelta con un trapo. – Es el desayuno.
-          ¿Tan pronto se despertó la cocinera?
-          No, lo he hecho yo mismo. – Arkon torció el gesto, esas no eran las competencias de Héfir, ni mucho menos.
-          Héfir…
-          Sé perfectamente cuál es mi trabajo niño…y ahora come algo antes de que te entre el desmayo.
Y sin más cerró la puerta tras de sí y desapareció por la puerta.
Héfir era así. Fue capturado como prisionero en las guerras de los navíos, tan solo un chiquillo tinio, un marino desarrapado que no sabía leer ni escribir.
Aker, su padre, lo tomó a su servicio, y le dio educación junto a él mismo. Aunque le avanzaba en edad le alcanzó rápidamente, sirvió en la guerra junto a su padre y junto a él, atendió siempre las necesidades de su domine y cuando cumplió la cuarentena le fue entregada la licencia.
Era, con toda seguridad, el único esclavo que después de ser libre, siguió sirviendo como siempre a sus amos, feliz en esa casa en la que se crió.
Se casó como hombre libre, y tuvo tres hijos. Los tres criados en casa como hombres libres y con cómodos puestos en la administración de la república. Y sin embargo Héfir no se apartó nunca de su lado. Eran familia.

Arkon se vistió con la blanca toga, limpió su cara con agua fresca del aljibe y se calzó lentamente las sandalias de cuero. Mientras, apoyado sobre el alzapié dio un repaso al despacho.
Una estancia pequeña, con una mesa grande llena de papeles, un brasero que ya se apagaba y un estandarte ajado apoyado en un rincón. Suspiró hondo.

Las calles despertaban de su empedrado sueño húmedo. A su paso empezaban a alzarse olores del pan recién hecho. Las luces se filtraban por las pequeñas ventanas de los altillos, el servicio doméstico del barrio alto iniciaba su jornada.
Dirigió sus pasos a la gran avenida que culminaba en el templo a la victoria, la sede de la asamblea. El cielo había pasado rápidamente de un azulado oscuro a un rojizo intenso, las nubes se desperezaban y aparecían recortadas entre las primeras luces del día.
Subió la escalinata de piedra blanca hacia el edificio rodeado de columnas. Allí, desde la parte más alta de la ciudad, antes de entrar, echó la vista atrás.
Arcadia entera se derramaba a su vista, un mar de tejados rojizos se extendía rodeando el río Ean. La ciudad era un conglomerado de barrios fortificados, aislados entre ellos y guarecidos por enormes puertas que daban a las avenidas principales. Siete puentes cruzaban el río, cada uno con torres defensivas a cada orilla. En el centro de la ciudad, donde las aguas se ensanchaban, el puerto fluvial acogía una miríada de navíos venidos de todas partes.
Toda la urbe estaba a su vez cobijada bajo la gran muralla de piedra blanca. Como único detalle en la claridad destacaba en la lejanía, a la entrada del Ean, un enorme arco protegido por dos fortines de piedra oscura.
Suspiró hondo, tomó fuerzas y encaró el templo.
Pasó por debajo de la columnata de mármol pulido. Las anchas puertas de bronce se abrieron lentamente, el olor a incienso salió al tiempo que los augures blancos, sacerdotes de Arcadia.
Cuando el último de ellos abandonó la estancia tras el ritual de purificación, se adentró en el Senado.

Las brasas que habitaban los espacios entre los asientos luchaban por no morir. La sala estaba caliente, acogedora. Un círculo perfecto envuelto por cinco alturas de bancada que rodeaban toda la sala y coronado por un espacio central sublime, abierto al cielo de Ank a través de una cúpula.
El silencio sepulcral se vio interrumpido únicamente por el leve quejido que pronunció al sentarse en su lugar y el sonido de su respiración a la espera de la reunión de aquel día.
Dentro, ninguna defensa podía protegerle de lo que estaba a punto de suceder.

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