Crónicas
de Ank
Libro
Primero
Capítulo I - Noticias desde la Marca
Capítulo I - Noticias desde la Marca
Plegó la carta con
cuidado y llevó la mirada a la ventana del despacho.
La lluvia caía en
un manto fino, apenas perceptible tras ella la columnata que rodeaba el patio.
El aroma se filtraba adentro, olores de tierra negra y hierba fresca con notas
de lavanda y romero. Y sin embargo nada podía distraerle del horror de esas
letras.
Había pasado toda
la noche sentado frente a la mesa, con las velas de sebo alumbrando las nuevas
desde la Marca.
El quejido de la
puerta le sacó de sus pensamientos por un instante.
-
¿Todavía
despierto, domine? – Héfir entró en la estancia lentamente, dejando una
escudilla envuelta con un trapo. – Es el desayuno.
-
¿Tan
pronto se despertó la cocinera?
-
No,
lo he hecho yo mismo. – Arkon torció el gesto, esas no eran las competencias de
Héfir, ni mucho menos.
-
Héfir…
-
Sé
perfectamente cuál es mi trabajo niño…y ahora come algo antes de que te entre
el desmayo.
Y sin más cerró la puerta tras de sí y
desapareció por la puerta.
Héfir era así. Fue capturado como
prisionero en las guerras de los navíos, tan solo un chiquillo tinio, un marino
desarrapado que no sabía leer ni escribir.
Aker, su padre, lo tomó a su servicio, y le
dio educación junto a él mismo. Aunque le avanzaba en edad le alcanzó
rápidamente, sirvió en la guerra junto a su padre y junto a él, atendió siempre
las necesidades de su domine y cuando cumplió la cuarentena le fue entregada la
licencia.
Era, con toda seguridad, el único esclavo
que después de ser libre, siguió sirviendo como siempre a sus amos, feliz en
esa casa en la que se crió.
Se casó como hombre libre, y tuvo tres
hijos. Los tres criados en casa como hombres libres y con cómodos puestos en la
administración de la república. Y sin embargo Héfir no se apartó nunca de su
lado. Eran familia.
Arkon se vistió con la blanca toga, limpió
su cara con agua fresca del aljibe y se calzó lentamente las sandalias de
cuero. Mientras, apoyado sobre el alzapié dio un repaso al despacho.
Una estancia pequeña, con una mesa grande
llena de papeles, un brasero que ya se apagaba y un estandarte ajado apoyado en
un rincón. Suspiró hondo.
Las calles despertaban de su empedrado
sueño húmedo. A su paso empezaban a alzarse olores del pan recién hecho. Las
luces se filtraban por las pequeñas ventanas de los altillos, el servicio
doméstico del barrio alto iniciaba su jornada.
Dirigió sus pasos a la gran avenida que
culminaba en el templo a la victoria, la sede de la asamblea. El cielo había
pasado rápidamente de un azulado oscuro a un rojizo intenso, las nubes se
desperezaban y aparecían recortadas entre las primeras luces del día.
Subió la escalinata de piedra blanca hacia
el edificio rodeado de columnas. Allí, desde la parte más alta de la ciudad, antes
de entrar, echó la vista atrás.
Arcadia entera se derramaba a su vista, un
mar de tejados rojizos se extendía rodeando el río Ean. La ciudad era un
conglomerado de barrios fortificados, aislados entre ellos y guarecidos por
enormes puertas que daban a las avenidas principales. Siete puentes cruzaban el
río, cada uno con torres defensivas a cada orilla. En el centro de la ciudad,
donde las aguas se ensanchaban, el puerto fluvial acogía una miríada de navíos
venidos de todas partes.
Toda la urbe estaba a su vez cobijada bajo
la gran muralla de piedra blanca. Como único detalle en la claridad destacaba en
la lejanía, a la entrada del Ean, un enorme arco protegido por dos fortines de
piedra oscura.
Suspiró hondo, tomó fuerzas y encaró el
templo.
Pasó por debajo de la columnata de mármol
pulido. Las anchas puertas de bronce se abrieron lentamente, el olor a incienso
salió al tiempo que los augures blancos, sacerdotes de Arcadia.
Cuando el último de ellos abandonó la
estancia tras el ritual de purificación, se adentró en el Senado.
Las brasas que habitaban los espacios entre
los asientos luchaban por no morir. La sala estaba caliente, acogedora. Un
círculo perfecto envuelto por cinco alturas de bancada que rodeaban toda la
sala y coronado por un espacio central sublime, abierto al cielo de Ank a
través de una cúpula.
El silencio sepulcral se vio interrumpido
únicamente por el leve quejido que pronunció al sentarse en su lugar y el
sonido de su respiración a la espera de la reunión de aquel día.
Dentro, ninguna defensa podía protegerle de
lo que estaba a punto de suceder.
No hay comentarios:
Publicar un comentario